Dice Gadea:
Yo también necesito creer para seguir viviendo. Si no, ¿cómo?
No soy más lista que nadie; yo también necesito creer que mis ruegos, de alguna manera, son escuchados por alguien, por algo; que no quedan en este minúsculo espacio que habito, inútiles y sin sentido.
Me basta con creer —creer en algo, aunque no adivine su forma, su materia, su color o como quiera que se pueda definir algo que no conoces—. Me da igual lo que sea: mi cuerpo, el cosmos, la energía cuántica, un señor barbudo o la moringa de mi patio; solo necesito creer que me oye y que existe la posibilidad de que mis súplicas sean atendidas.
Creer y posibilidad: dos palabras que parecen débiles, que no concretan nada, que no aseguran nada. Sin embargo, son algo así como males necesarios, sin los cuales no avanzamos.
No sé si esa necesidad de creer tiene sus raíces en el entorno espacial y temporal en el que se desarrolla mi vida o si es algo ancestral. Más bien me inclino a pensar que es algo primitivo. Por otra parte, me parece notable que esa necesidad, siendo tan antigua, no haya desaparecido ni menguado siquiera en nuestros tiempos. Parece algo innato, algo de lo que nunca llegaremos a librarnos. Amén.
