miércoles, 16 de septiembre de 2026

AMARILLO


 

HERRAMIENTA 1

 


LA EVOLUCIÓN

Cuando eres niño, miras y crees que lo que hay a tu alrededor siempre ha sido y será así: las calles, los edificios, los jardines, el campo, la gente. Luego creces y crees que los modelos sociales, las estructuras económicas, los prejuicios y las injusticias también siempre han sido y serán así. Y te ves, como especie dominante, en el centro del planeta, haciendo muchos avances para dominarlo, aumentando nuestras comodidades, nuestra salud, nuestro conocimiento y empleándolo en más... ¿comodidades?

Mientras tanto, también te has preguntado por Dios, porque te dijeron que todo eso era obra de Dios. Pero, cuando observabas la naturaleza, descubrías que nos parecemos mucho, mucho a otros animales. Que incluso los hay que tienen capacidades superiores a las nuestras. Y te preguntas: ¿para qué creó Dios a los pájaros y les dio esa capacidad que nosotros no tenemos de forma natural? ¿Para adornar el cielo y que nosotros disfrutemos de ese espectáculo?

Entonces, las cosas ya no cuadran como te cuadraban de niño.

No cuadran los terremotos, las erupciones volcánicas, la muerte de inocentes en conflictos bélicos, el hambre en la que unos pueblos mantienen a otros, el robo a los pobres, las ideologías extremistas, los fanatismos, Trump...

Y si todo esto es lo que ha creado una inteligencia superior, también la ha cagado con la vejez. Si había que ir sustituyendo lo viejo por lo nuevo para que, por ejemplo, haya espacio en el planeta, entonces la solución de que cada vez se vaya uno debilitando me parece una chapuza.

Salvo que Dios no tenga esas características que algunos le atribuyen, como la bondad y la justicia. ¿No?

(Puede que no te guste Vicky)





lunes, 13 de abril de 2026

UNA CAGADA

 Hay pensamientos que se hacen muy pesados por la noche. Afortunadamente por la mañana casi se desvanecen por completo. Y escribo esto para que se evapore completamente uno que surgió recientemente.

Anoche Instagram me sugirió dos cuentas a cuyas propietarias efectivamente conocí; en el pasado, en otro mundo; me las sugirió porque las redes y el algoritmo que las mueve no saben de sentimientos; si supieran no lo hubiese hecho. Las dos son rubias: una, equis, a la otra la detesto aún. Me di cuenta cuándo vi sus fotos. Me recordó una mala época que, como suele pasar, es mala, por la gente con la que vas a dar. La mala gente hace que sufras malas épocas. Esta chica con cara de sapo era mala. Y sigue con la misma cara. No pretendo insultar, solo describir mi percepción. Y si suena a insulto me da igual: solo me interesa sacarme el recuerdo, o al menos, sacarme el mal rollo que me ha producido verla. Así que, si suena a insulto, lo doy por justificado. 

He oido decir a una neurocientífica muy conocida que escribir a mano tus pensamientos ordena las ideas, las pesa, las evalúa, las mide y sirve para relativizar. (Espero que así, con teclado, también sirva). Yo creo que lleva razón: cuando escribes, cuando plasmas en papel aunque sea virtual un pensamiento que de alguna forma te incomoda, te molesta, como la picadura de un mosquito, o incluso algo serio y verdaderamente grave, deja cierto alivio. Es otra función física más, menos integrada y aceptada pero tan necesaria como un vómito. O cagar. Sí, esto ha sido una buena cagada. 

viernes, 6 de febrero de 2026

EL SUEÑO DE JACOB

 

Génesis 28:10–22 — El sueño de Jacob

10 Y salió Jacob de Beer-seba, y fue a Harán.
11 Y llegó a cierto lugar, y durmió allí aquella noche, porque el sol se había puesto; y tomó de las piedras de aquel lugar, y puso a su cabecera, y se acostó en aquel lugar.

12 Y soñó: y he aquí una escalera que estaba apoyada en tierra, y su extremo tocaba en el cielo; y he aquí ángeles de Dios que subían y descendían por ella.

13 Y he aquí, Jehová estaba en lo alto de ella, el cual dijo:
Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia.

14 Y será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al mediodía; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente.

15 Y he aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho.

16 Y despertó Jacob de su sueño, y dijo:
Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía.

17 Y tuvo miedo, y dijo:
¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo.

18 Y levantó Jacob de mañana, y tomó la piedra que había puesto de cabecera, y alzó la por señal, y derramó aceite encima de ella.

19 Y llamó el nombre de aquel lugar Bet-el; aunque Luz era el nombre de la ciudad primero.

La piedra sobre la que descansa Jacob es interpretada por San Jerónimo y San Agustín, entre otros autores santos, como el mismo cuerpo de Cristo; la piedra sobre la que descansa Jacob es Dios, concepto que ofrece descanso a los que se han agotado por el camino, a los enfermos, a los que no saben cómo salir de una situación, a los que sufren. 

Sobre esta idea no hay duda de su certeza: los hombres necesitamos -unos más que otros- CREER que no estamos solos, que la vida tiene un sentido bien definido, que los buenos serán recompensados y los malos castigados, que la vida es algo más que un puro accidente, algo mas que el producto de una serie de combinaciones orgánicas o químicas. Necesitamos creer en eso aunque, lo que pasa a nuestro alrededor, nos muestra lo contrario. 

Por otra parte, los Santos serían a la religión como los actuales científicos de la NASA a la ciencia espacial ¿no? Entonces, ¿podrían tener razón los Santos? Quizás no hay que tomarse las cosas al pie de la letra y los Santos, como cualquiera, solo nos aconsejan, nos dan un analgésico para sobrellevar mejor el día. ¿Quién sabe? 

 

 

viernes, 7 de noviembre de 2025

ORAR Y QUE DIOS ESCUCHE

 Dice Gadea:

Yo también necesito creer para seguir viviendo. Si no, ¿cómo?

No soy más lista que nadie; yo también necesito creer que mis ruegos, de alguna manera, son escuchados por alguien, por algo; que no quedan en este minúsculo espacio que habito, inútiles y sin sentido.

Me basta con creer —creer en algo, aunque no adivine su forma, su materia, su color o como quiera que se pueda definir algo que no conoces—. Me da igual lo que sea: mi cuerpo, el cosmos, la energía cuántica, un señor barbudo o la moringa de mi patio; solo necesito creer que me oye y que existe la posibilidad de que mis súplicas sean atendidas.

Creer y posibilidad: dos palabras que parecen débiles, que no concretan nada, que no aseguran nada. Sin embargo, son algo así como males necesarios, sin los cuales no avanzamos.

No sé si esa necesidad de creer tiene sus raíces en el entorno espacial y temporal en el que se desarrolla mi vida o si es algo ancestral. Más bien me inclino a pensar que es algo primitivo. Por otra parte, me parece notable que esa necesidad, siendo tan antigua, no haya desaparecido ni menguado siquiera en nuestros tiempos. Parece algo innato, algo de lo que nunca llegaremos a librarnos. Amén.