Hay pensamientos que se hacen muy pesados por la noche. Afortunadamente por la mañana casi se desvanecen por completo. Y escribo esto para que se evapore completamente uno que surgió recientemente.
Anoche Instagram me sugirió dos cuentas a cuyas propietarias efectivamente conocí; en el pasado, en otro mundo; me las sugirió porque las redes y el algoritmo que las mueve no saben de sentimientos; si supieran no lo hubiese hecho. Las dos son rubias: una, equis, a la otra la detesto aún. Me di cuenta cuándo vi sus fotos. Me recordó una mala época que, como suele pasar, es mala, por la gente con la que vas a dar. La mala gente hace que sufras malas épocas. Esta chica con cara de sapo era mala. Y sigue con la misma cara. No pretendo insultar, solo describir mi percepción. Y si suena a insulto me da igual: solo me interesa sacarme el recuerdo, o al menos, sacarme el mal rollo que me ha producido verla. Así que, si suena a insulto, lo doy por justificado.
He oido decir a una neurocientífica muy conocida que escribir a mano tus pensamientos ordena las ideas, las pesa, las evalúa, las mide y sirve para relativizar. (Espero que así, con teclado, también sirva). Yo creo que lleva razón: cuando escribes, cuando plasmas en papel aunque sea virtual un pensamiento que de alguna forma te incomoda, te molesta, como la picadura de un mosquito, o incluso algo serio y verdaderamente grave, deja cierto alivio. Es otra función física más, menos integrada y aceptada pero tan necesaria como un vómito. O cagar. Sí, esto ha sido una buena cagada.
